10. Caldo de pollo

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Voy a la cocina. Cojo una pastilla del aparador y un vaso de agua del tiempo. Vuelvo al salón y le doy ambos a Marco. Se toma la pastilla y se acuesta en el sofá. Debe sentirse un poco mareado. Bajo el volumen de la televisión para que no le moleste y vuelvo a la cocina. Quizá pueda sentarle bien un caldo de pollo. Es lo que me hacía mi padre a mí cuando estaba enferma. En cuanto se termina de cocinar, asomo la cabeza y le veo dormido en el sofá. Apago el fuego y tapo el caldo para que no se enfríe demasiado. Voy al salón y me siento en el hueco que queda libre del sofá. Me quedo dormida yo también.

No sé cuánto tiempo ha pasado pero Marco está ya despierto cuando yo abro los ojos. Me aparta el pelo de la cara y me dice suavemente:
– Gracias por todo.
No sé que responder. No sé por qué me da las gracias pero da igual. Asiento con la cabeza y respondo:
– De nada.
Me incorporo y le comento que le he preparado el caldo. Le pregunto si tiene hambre y asiente con la cabeza. Voy a la cocina y le saco un bol. Cojo otro para mí y llevo ambos en una bandeja al salón. Los dejo encima de la mesa mientras él se va incorporando y voy a buscar una manta. Cuando vuelvo me dice que me siente a su lado. Nos tapo a ambos con la manta y él le da un primer sorbo a la sopa. Debe estar hambriento. Creo que está buena, Al menos su cara no es de desagrado.

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09. Dinero en el sobre

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Le miro. Su pregunta va en serio. Su falta de lucidez mental me sorprende.
– Quizá no tenga trabajo pero recuerda que todavía tengo un apartamento. – Marco mira al suelo.
– Cierto, no había caído en eso. ¿Por dónde queda?
– No muy lejos de aquí, sígueme.
Empiezo a caminar lentamente en dirección a mi apartamento. Cuando lleguemos le dejaré deshaciendo sus maletas y acomodándose. Menos mal que es un apartamento lo suficientemente grande como para tener dos habitaciones aunque, ahora que lo pienso, no es que me importara dormir con él. No oigo ni sus pasos ni su maleta detrás de mí. Me giro y le veo, unos 100 metros más atrás, caminando muy despacio. Me quedo quieta, esperando a que llegue.
– ¿Estás bien?
– Sí, solo un poco cansado. No sé qué me pasa hoy. – Le cojo también la cesta con las cosas del baño que no conseguimos meter en ninguna maleta.
– ¡Déjame ayudarte!
Seguimos caminando, juntos, a un ritmo más lento. De repente, empieza a llover. Normalmente suelo adorar la lluvia pero estos últimos días no hace más que estragos. Marco está hecho polvo y no creo que la lluvia le vaya a sentar muy bien. Al menos las maletas son impermeables. Llegamos, por fin, al apartamento. Le digo a Marco que se dé una ducha y se ponga algo calentito. Yo, mientras tanto, voy a buscar al casero. Vive en el ático, tres plantas más arriba. En el trayecto en ascensor cuento el dinero del sobre de Charlie. He decidido no comentarle a Marco nada sobre el dinero y usarlo solo para pagar el alquiler y en casos de emergencia. Hay mucho dinero. Tengo suficiente como para más de treinta meses de alquiler. Decido pagar este mes y el siguiente por adelantado. Solo espero que no sea dinero falso.

No lo es o, si lo es, el casero no se ha dado cuenta. Me da bastante mal rollo ese hombre, no sé por qué. Sin embargo, no me importa. Gracias a él tengo un sitio donde vivir y ahora también Marco. Vuelvo al apartamento. La puerta de mi habitación está abierta. Cuando Marco me ve entrar me dice:
– Estaba buscando algo para el dolor de cabeza. – Le miro, la verdad tiene muy mala cara.
– Claro, no importa. Ve a tumbarte y ahora te llevo algo. – Me dispongo a irme pero antes, vuelvo a mirarle y le digo. – Para la próxima vez, los medicamentos están en la cocina. – Me río y me satisface ver que él también me saca una sonrisa pero bastante débil. Espero que no sea grave.

08. Informativos

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Marco me mira y traga saliva antes de sentarse en la mesa. Me siento a su lado y ambos comemos en total silencio. El silencio resulta tan incómodo que me levanto de la mesa, aun sabiendo que eso llamaría su atención, y enciendo la televisión antes de volver a sentarme. No me molesto en cambiar de canal porque es la hora de las noticias y no habrá ninguna otra cosa en ninguna otra cadena. Las berenjenas están muy buenas. Charlie cocina realmente bien. Charlie. Ese comportamiento ha sido muy extraño. Sé que no lo conozco pero parecía muy nervioso y apresurado.
– ¿En qué trabaja Charlie? – Marco levanta la mirada de su plato y me mira fijamente unos segundos antes de contestar.
– No lo sé, la verdad. Nunca lo he preguntado. – ¡Ja! No puede ser verdad.
– ¡Venga ya! No me tomes el pelo. – Marco me mira seriamente, creo que le he hecho enfadar.
– No lo hago. No lo he preguntado. – Genial. Cada palabra que digo parezco estropearlo cada vez más. Me pregunto si no será mejor marcharme de la casa de Charlie y no volver a ver más a Marco pero no quiero hacerlo. Siempre he sido muy egoísta y, aunque fuera lo mejor, sé que no lo haría.
– Vaya…
No es que fuera a decir algo más pero en ese caso mis palabras se hubieran visto interrumpidas por la televisión que, de repente subió el volumen:
– Noticia de Última hora. Ha habido un tiroteo en la ciudad de Odenway. Los implicados, dos bandas de la mafia, se han dado la fuga tras abandonar el local donde estaban reunidos. Solo se conoce la identidad de los tres hombres fallecidos en el tiroteo: James Bennet, Richard Lorson y Charles Cheadley.- Veo como, de repente, Marco da un respingo. En la pantalla de televisión muestran imágenes de archivo de cada uno de los tres fallecidos, con su nombre debajo. La última de ellas es una foto de Charlie. ¡Charlie! Veo como Marco se echa a llorar. No sé muy bien por qué. Quizá porque Charlie significaba mucho para él. No se mueve. Está sentado en su silla, mirando fijamente a la pantalla de televisión que ahora está emitiendo otra noticia. De repente caigo en la cuenta, si Charlie está implicado en la mafia (cosa que no dudo ya que eso explicaría de dónde ha obtenía tanto dinero) eso significa que alguien vendrá a su casa, tarde o temprano. Ya sea la policía o algún mafioso intentando quedarse con sus cosas.
– ¡Marco! – Le zarandeo pero no se mueve. ¡Marco! Tenemos que irnos de aquí. ¡Vamos!
Marco se toma su tiempo pero finalmente se gira y me mira. La expresión de su cara me da ganas de echarme a llorar con él pero no debo hacerlo. Alguien debe ser responsable ahora y asumo que ese papel me toca hacerlo a mí ahora. Levanto a Marco de la silla y tiro de él hacia las escaleras. Empiezo a subir pero no oigo sus pasos detrás. Me doy la vuelta para llamarle cuando de repente oigo un coche aparcar cerca de la casa. Marco debe haberlo oído también porque le oigo tragar saliva y subir corriendo las escaleras. Cuando reacciono, él está ya en la planta de arriba. Subo corriendo las escaleras y entro a su habitación. Marco está recogiendo sus cosas. Genial, eso es que ha reaccionado. Le ayudo a sacar todo de los cajones y armarios mientras él lo va metiendo a presión en un par de maletas que saca de debajo de su cama. Cuando lo he sacado ya todo, le susurro:
– Voy a coger tus cosas del baño.
En realidad no es así, me dirijo a la habitación de Charlie, que está en la misma dirección y rebusco en sus cajones hasta encontrar un sobre con dinero. Me alegro de que lo guardara ahí. Lo cojo y me lo guardo. Nosotros lo necesitaremos más que él. Voy al baño y meto en una cesta todo lo que encuentro y vuelvo a la habitación con Marco. Me asomo cautelosamente por la ventana. El coche aparcado era de la casa vecina pero me alegro que nos hiciera a ambos reaccionar.
Decido no decirselo a Marco y él me lleva por la puerta de atrás de la casa. Está muy cargado, le cojo una de las maletas. Llevan ruedas por lo que su peso no es un problema. Nos alejamos de la casa al principio corriendo pero luego decidimos ir despacio al ver que nadie nos sigue y que corriendo, con el ruido que hacen las ruedas, llamamos bastante más la atención. Cuando estamos lo suficientemente lejos de la casa, más o menos cerca del parque del centro, Marco se para en seco y me dice:
– Muy bien, Einstein. Hemos huido de casa de Charlie pero ahora… ¿A dónde vamos?

07. Llamada telefónica

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Miro la decoración a mi alrededor. Cuanto más miro la casa, más me gusta. Es muy iluminada y tiene ventanas en todas las habitaciones, bastante grandes además. Lo que más me llama la atención es que desde fuera no se ve el interior pero desde dentro, el exterior se ve con total claridad, como si no hubiera cristal. Las ventanas deben ser carísimas. Mientras sigo observando detalladamente la decoración me topo con los ojos de Marco fijados en los míos. No recordaba lo atrayentes que eran. Veo sus labios moverse antes de escucharle pronunciar las palabras:
– ¿Por qué llorabas antes? – No sé que contestarle. Sería ridículo decirle que me he enamorado de un chico al que apenas conozco y que lloraba porque le he visto con otra pero, por otra parte, él es una especie de mi mejor amigo ahora por no decir que es mi único amigo en Odenway.
– Un chico. – No quiero dar demasiados detalles, no de momento.
– Creí que no conocías a nadie aquí.
– Así es, ya ni recuerdo su nombre. – Es mentira, recuerdo perfectamente que se llama Cristian y que es policía pero es lo único que sé de él. Realmente es patético haberme puesto así por eso. Marco cambia la expresión de su cara y no estoy segura de que esta nueva expresión me guste.
– ¿Te ha hecho daño? – Trago saliva. De veras se preocupa por mí pero no voy a contarle nada más, tampoco ha sido para tanto. Mi primer desengaño amoroso y muchos más que pasarán.
– No, para nada. Olvídalo, por favor. Yo quiero olvidarlo. – Me mira con seriedad antes de bajar la mirada y desviarla a otro lado.
– Como quieras.
¡Vaya! Un silencio incómodo. Nunca sabes lo desagradables que pueden llegar a ser hasta que no los vives. Afortunadamente para entonces Charlie ya había metido las berenjenas en el horno y vuelve al salón con nosotros. Se ha quitado la chaqueta del traje y se ha puesto un delantal de un color blanco inmaculado por encima del pantalón y la camisa. También ha sustituido sus zapatos por unas cómodas zapatillas de andar por casa. Aún con ese aspecto tan informal sigue siendo imponente. Es un hombre verdaderamente fascinante.
– ¿Puedo unirme a la conversación? – Marco, que estaba mirando al suelo, levanta inmediatamente la mirada hacia su casero. Ahora que los veo bien juntos a ambos puedo decir que parecen familia, sin embargo dudo que lo sean. Son tan diferentes…
– Por supuesto. Estábamos hablando de…
– Le estaba comentando a Marco que estoy buscando un trabajo para poder pagar el alquiler de mi piso. – Me pareció una ocasión perfecta para sacar el tema y sacar del apuro a Marco, nunca supo mentir.
– Así que tú también vives sola, ¿Eh?
– Sí, señor – Asiento – No lo pasaba muy bien en la casa de mis padres. – Charlie se ríe.
– Por favor, no me llames señor. Es demasiado formal. – Esta vez la que se ríe soy yo, eso sí, para mis adentros que de lo contrario sería una total falta de respeto. ¿Demasiado formal? Nada para él es demasiado formal.
– Está bien, Charlie. La relación con mi madre y sus últimos novios no ha ido muy bien últimamente.
– ¿Y has huido de la ciudad, dejando atrás el colegio y tus amistades?
– No tenía amistades, señor. Digo.. Charlie. Lo siento, estoy acostumbrada a un trato formal. – Charlie se vuelve a reír. Es muy simpático, al contrario de lo que pueda aparentar su apariencia.
– No me creo eso de que no tuvieras amistades. – Vale, esto es raro. Ya no sé si tomarmelo en serio o como una broma.
– Pues es cierto. Nunca las necesité.
– ¿Y Marco? – Le miro. Él, al parecer, estaba siguiendo la conversación en silencio.
– Marco es la única persona a la que le tengo aprecio. – Veo como se ruboriza y se mira los pies. Quizá le había contado a Charlie lo que siente por mí. Charlie debe de haber notado lo incómodo de la conversación porque se apresuró a cambiar de tema.
– Entonces estás buscando trabajo, dices. Quizá pueda conseguirte algo pero si quieres puedes mudarte aquí. – Sin ni si quiera mirarle, noto como Marco da un respingo. Debo gustarle de verdad por la manera en la que está llevando toda la conversación.
– Gracias por la oferta, Charlie. Por las dos, pero tengo más prioridad en el trabajo que en el alojamiento. Casa tengo, solo necesito una manera de pagarla.
– Está bien. Veré lo que puedo hacer con el trabajo pero mi otra oferta sigue en pie, por si cambias de opinión. – Mientras pronuncia las últimas palabras se va alejando hacia la cocina. Huele bien así que la comida debe estar a punto de estar lista.
– ¿Por qué no has querido mudarte aquí? – Esta vez soy yo la que da el respingo. No me esperaba que iniciara la conversación.
– No sé que opinas de ello. No haré nada que pueda perjudicarte.
– ¿Perjudicarme? No sé como puede perjudicarme aquí tu presencia.
En ese momento aparece Charlie con la comida en una bandeja. La mesa ya estaba puesta y no me había fijado. Tampoco me había prestado a ayudar.
– Chicos, lamentablemente no puedo comer con vosotros. Acabo de recibir una llamada muy importante y requieren mi presencia urgente en el trabajo pero pareceis tener una conversación muy interesante. Podeis seguirla. – Miro a Marco a ver si tiene la misma expresión de sorpresa que yo y, en efecto, así es. No parece que haga eso muy a menudo así que debe ser importante.
– ¿Quieres que te esperemos? – Sé que Marco está muriendo de hambre porque me lo ha comentado mientras veníamos a casa, sin embargo es demasiado amable. Seguro que eso le ha traído más de un problema. A mí me ha pasado.
– No, para nada. La comida se enfriará y luego no sabrá igual. ¡Que os aproveche! – Estas últimas palabras las dice cogiendo las llaves del coche y la casa y saliendo a la calle. Cierra la puerta y se va.

06. Berenjenas rellenas

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Sonrío. Charlie es un hombre alto, ronda el metro noventa. Para su edad es bastante atractivo, pero no me malinterpretes, no tengo ningún tipo de interés romántico en él. Tiene la piel morena y el pelo blanquecino pero lo que más llama mi atención son sus llamativos ojos claros y su falta de arrugas. No sé exactamente qué edad tiene pero imagino que debería tener unas cuantas arrugas más de las que tiene. No lleva gafas por lo que deduzco que debe tener una vista perfecta. Me gusta el traje que lleva. Un aparentemente carísimo traje azul marino con una camisa azul celeste sin corbata y los dos primeros botones desabrochados. Formal e informal a la vez. Muy interesante.
– Lea, ¿Quieres venir a comer a casa? – De repente levanto la vista, me estaba fijando en sus zapatos italianos. Tiene muy buen gusto la verdad.
– Claro, me encantaría, si no es molestia. – Miro a Marco, no sé que pensará él de la invitación pero él me devuelve una sonrisa.
– Me ofende que puedas pensar eso. No eres para nada molestia. Deberías venir, cada vez que tenemos visita Charlie hace unas berenjenas rellenas para chuparse los dedos. – Ambos se ríen y yo me limito a sonreír.
– Entonces iré.
– Genial. ¡Vamos! – Me sorprende la vitalidad que tiene y que tenga a Marco como recadero. Debe tener un trabajo que le mantenga súper ocupado y que le dé mucho dinero. A lo mejor puede conseguirme algo. Quizá comente mi situación durante la comida.

Empezamos a andar. Marco me dijo que vivía en las afueras pero me doy cuenta de que Odenway es más pequeño de lo que pensaba y que las afueras no están muy lejos del parque. Durante la caminata Marco y yo hablamos detrás de Charlie. Él anda solo, adelantado. Parece un hombre bastante independiente. Me pregunto si también se habrá ido de casa de sus padres cuando fue adolescente. La casa es enorme. Se puede comparar a las típicas mansiones lujosas de Hollywood. Es moderna pero a la vez tiene un toque rústico. Parece hecha a medida para él, buscando el equilibrio entre lo moderno y lo clásico.

Dentro de la casa, el suelo es de madera oscura y las paredes de un cálido color crema. Me enseñan todas las habitaciones, que no son pocas, y observo que cada una es de un color distinto. Marco me dice que escogió la habitación naranja porque recordó que era mi color favorito cuando éramos pequeños. Eso me conmueve bastante. Charlie me dice que cuando quiera venir a dormir puedo escoger la habitación que quiera y ya tengo claro que la morada es mi favorita. Tiene una enorme ventana que ocupa prácticamente toda la pared que da al centro de la ciudad y un techo abovedado de un tono levemente más claro que el de la pared, es muy luminosa y me encanta.

Una vez he visto el resto de la casa, Charlie nos deja a Marco y a mí solos en el salón mientras él prepara sus famosas berenjenas. La verdad es que estoy hambrienta pero no estoy segura de que mi estómago vaya a digerir comida de verdad, hace mucho tiempo que no pruebo un bocado decente.

05. Palomas en el parque

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No sé a dónde ir. La verdad estoy bastante decepcionada. Me gusta y creía que yo le gustaba a él pero es el típico chulo y ahora que lo sé tengo que empezar a asumir que no me interesa tener nada con él. De todas formas es muy mayor y no se de él más que su nombre y su profesión. Ya no tengo ganas de seguir buscando un trabajo y vuelvo al parque con la intención de ver a Marco, por si está allí por alguna casualidad. Vuelvo al mismo banco de ayer, está vacío y me tumbo en el a contemplar las nubes. En Odenway las nubes se mueven a una velocidad alarmante y a los dos minutos empiezo a marearme y decido sentarme. Veo a un señor mayor sentado en un banco, leyendo el periódico. Al rato se levanta y se dirige al kiosco y compra maíz para las palomas. Se sienta en el banco y empieza a darles de comer, parece como si estuviera esperando a alguien. Una paloma se acerca tímida al señor, luego la siguen cuatro o cinco más y enseguida está rodeado de palomas blancas comiendo maíz de sus manos. De repente, el hombre levanta la cabeza y deja el maíz sobre el banco. Al parecer la persona a la que estaba esperando ha llegado. Miro en la dirección en la que el señor tiene la cabeza y no salgo de mi asombro. ¡Es Marco! Me levanto del banco y empiezo a andar en su dirección. Veo como él y el señor se van. Empiezo a correr mientras le llamo:
– ¡Marco! – Tanto él como el hombre se paran y él gira la cabeza. Me ve y me llama.
– ¡Lea! ¡Ven aquí! – Voy corriendo hasta él y le abrazo. Se me saltan unas lágrimas. Supongo que ver a Cristian con otra me ha afectado más de lo que debía. El me devuelve el abrazo y me pregunta.- ¿Estás bien?
– Sí, sí.- Miento. No digo nada más porque no sé que más decir a pesar de saber que no lo he convencido. Supongo que habrá entendido que no me apetece hablar con el hombre delante. El hombre, debe ser su casero. Parece amable pero no el típico hombre rico que me lo había imaginado. Empiezan las presentaciones.
– Está bien. Lea, este es Charlie. Mi casero. Charlie, esta es Lea. La chica de la que te hablé ayer. – El hombre me da la mano, cortésmente.
– Encantado de conocerte, Lea.
– Igualmente.

04. Comida china

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Me despierto y asoma el sol entre las cortinas abiertas de la ventana del salón. Debí quedarme dormida esperando al repartidor porque la televisión sigue encendida y no hay restos de comida. Si recibí al repartidor, definitivamente no me acuerdo así que, por si acaso, no volveré a llamar al restaurante de comida china. Me daría vergüenza.
Me levanto del sofá y busco la agenda de teléfonos útiles que me dejó el dueño del apartamento cuando le dije que no era de aquí. Me dijo que me haría más falta que a él pero deduzco que el número del restaurante de comida china no me va a ser muy útil de ahora en adelante. Afortunadamente está en una página de la agenda, solo, así que me resulta fácil arrancarla y tirarla a la papelera.
Una vez desentendida del número de teléfono me dispongo a ducharme. La vergüenza que siento es tremenda. Menos mal que no sé dónde está el restaurante así me evito el tener que rehacer mi ruta de hoy para evitar pasar por delante. Salgo de la ducha con un suspiro. No me puedo demorar más. Tengo que encontrar un trabajo hoy sin falta. Intento predecir el tiempo mirando a través de mi ventana pero las nubes van y vienen y no se sabe si descargarán. Opto por un conjunto primaveral, ni muy frío ni muy caluroso que vendrá bien para dar un poco de color a las calles con las primeras hojas caídas de los árboles que empiezan a rodar por el suelo.
Salgo a la calle y empiezo a caminar, fijándome más en los elementos del camino. No quiero que me pase como ayer, no quiero volver a perderme aunque tuvo su parte interesante. Marco, jamás pensé que volviera a verle y mucho menos aquello que me dijo… ¡Bah! No quiero pensar en ello. Simplemente olvidarlo, como si nunca lo hubiera sabido. Y luego está Cristian. Creo que él sí que me gusta. Ojalá le vuelva a ver. Creo que debería ir a la cafetería, solo para ver si está por allí y luego emprender mi búsqueda de un nuevo trabajo.
Bajando por la calle principal, exactamente igual que ayer, diviso la cafetería y me dispongo a entrar cuando, a través de la cristalera de la puerta le veo. De pie junto a la barra está Cristian, enrollándose con una chica. La chica es obviamente mayor que yo, tendrá unos diecinueve o veinte años; es mucho más alta, aunque no tanto como él a pesar de los tacones y tiene una larga cabellera lisa y rubia. Odio a esa chica.
Apenas he puesto un pie en la cafetería y he pensado en salir dando un portazo. Después me lo pienso otra vez y decido que es mejor no mostrar vulnerabilidad. Entro con aire decidido a la cafetería y me dirijo a la barra, procurando que me vea. Lo consigo. En cuanto lo hace se separa de ella, como si yo fuera tonta y no hubiera visto suficiente ya. Él se acerca a mí y yo le dirijo una mirada fulminante. Me pide disculpas, no las acepto.
– ¿Por qué te disculpas? – Pregunta la rubia cuyo nombre ni conozco ni quiero conocer.
– Eso, ¿Por qué te disculpas? – Le miro desafiante a la vez que la chica le mira incrédula. Nadie le ha pedido que lo haga pero ahora Cristian tiene que decidir entre ella o yo y temo que tome la decisión correcta. No sabe qué hacer, por eso se para a pensar un poco antes de contestar.
– La verdad, no lo sé. No somos nada, no tenemos nada. – Tomó la decisión correcta. Poco me queda por aquí así que me marcho.
– Tú lo has dicho, no somos nada. Hasta otra. – Ahora sí. Salgo de la cafetería dando un portazo. Él se lo piensa un poco y viene detrás de mí.
– Lo siento.
– ¿Otra vez? ¿Por qué te disculpas?
– Porque me gustas.
– Ah, claro. Eso lo dices ahora pero, ¿Por qué no lo has dicho ahí dentro? ¿Te avergüenzas de que te guste?
– No, no, no. Para nada, no es eso.
– Claro que no pero tenías que hacerte el machote delante de los demás. Es muy triste, pensaba que eras algo más que otro típico creído que sólo funciona con público delante. Parecías algo más pero acabo de descubrir que las apariencias engañan.
No sé si he sido demasiado cruel con él pero, antes de arrepentirme o de que él quiera decir algo, doy media vuelta y me marcho.

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