17. Pesadilla

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Me ducho rápidamente. No tiene sentido perder el tiempo bajo el agua cuando puedo estar con Marco. Le he besado. Intento asimilar todavía mi comportamiento. Sonrío bajo el agua y salgo de la ducha. Me seco con una toalla y la enrollo alrededor de mi cuerpo. Miro al espejo y vuelvo a sonreir. Marco me hace sonreír demasiado. Nuestros nombres están ya borrosos por la capa de vaho que se ha formado encima de ellos así que los vuelvo a repasar con el dedo. Salgo del baño con el pelo chorreando y me dirijo a mi habitación a cambiarme. Marco debe estar en la cocina porque no le veo durante el camino. Me cuesta decidirme y acabo vistiendo unos vaqueros ajustados y una camiseta grande. Podría ser fácilmente de mi padre, pero no lo era.

Nick, lo había olvidado. No le pedí su número de teléfono así que tendré que volver al ático a pedírselo y preguntarle si sabe algo de mi dinero. Soy rica. No puede ser, me están pasando demasiadas cosas buenas. Sorío de nuevo, con un suspiro. Ya era hora. Me seco un poco el pelo con la toalla. Tengo suerte ya que, dejándolo secar al aire se me quedan unos rizos muy bonitos. Vuelvo al baño, cuelgo la toalla y me doy un poco de espuma. ¿Maquillaje? No, no me hace falta. De todas formas voy a ver a mi padre. Tampoco quiero que piense que soy una de esas chicas que van maquilladas incluso a tirar la basura. Me asomo a la cocina a decirle a Marco que me voy unos minutos, sin embargo me encuentro con una nota que dice:

He ido a comprar algo especial para desayunar. No tardo.

Deduzco que ha ido a la pastelería en la calle en la que está el piso así que, es probable que vuelva antes que yo. Decido dejarle otra nota:

He ido a hacer una visita rápida. Te lo explicaré todo cuando vuelva. No tardaré mucho.

Vale, ahora tenemos un problema. Si me llevo yo la llave, él no podrá entrar. Vuelvo a por mi nota y añado al final: “La llave debajo del felpudo para el primero que llegue” y la pego en el timbre. Espero que no la lea nadie más aunque tampoco hay mucho que robar, siempre llevo el dinero en el bolso. Llamo al ascensor que viene desde la planta baja y subo con él hasta el 18. Toco el timbre. Ya pasa de las nueve y media de la mañana, espero que esté despierto. Según escucho sus pasos acercarse le digo:
– Soy Lea.
Nick no tarda en abrir la puerta, con una sonrisa.
– Pasa.
Sin embargo, no paso. Me he quedado helada. Al verle he recordado una parte de la pesadilla que mi subconsciente había querido obviar. Él me mira, preocupado.
– ¿Estás bien?
Sacudo la cabeza para eliminar de mi mente ese fragmento de pesadilla y sonrío.
– Sí, sí. Solo estaba pensando en una tontería.
Me sonríe y entra. Yo entro detrás de él y cierro la puerta. Me hace una señal para que me siente.
– No, gracias. Es una visita breve que podría haberme ahorrado si tuviera tu número de teléfono.
– Vaya, claro. -Me acerca una tarjeta de visita- Ahí tienes ambos. El de casa y el móvil.
Sonrío, cogiendo la tarjeta con una mano a la vez que con la otra saco el móvil de mi bolsillo para apuntarlos.
– Si tienes un papel te apunto el mío.
– Claro.
Tiene muy claro donde tiene un trozo de papel, yo hubiera tenido que buscarlo desesperadamente. Me lo ofrece y lo cojo. Le apunto ambos números, el de mi móvil y el de casa (el cual tengo que mirar en la memoria de mi teléfono porque no me lo sé todavía). Le tiendo el papel y sonrío.
– ¿Sabes algo ya?
– No, para nada. Ayer llamé a la oficina pero la persona con la que quería hablar no estaba. Ahora dentro de un rato iré, sé que tiene que estar a estas horas.
– Vaya, espero no estar entreteniéndote.
– No, para nada. Estaba a punto de desayunar, ¿me quieres acompañar?
– Me encantaría pero tengo un suculento desayuno esperandome en mi piso. Otra vez será.
– Claro, pues no te demores. Te llamaré en cuanto sepa algo.
– Muchas gracias.
Voy acercandome a la puerta mientras pronuncio estas palabras.
– No las des. Hasta luego.
– Hasta luego.

Llamo al ascensor que sigue esperándome así que, o Marco ha subido a pie o todavía no ha llegado. Bajo hasta la cuarta planta y veo que ya no está mi nota. Tampoco está la llave bajo el felpudo. Toco el timbre y es él quien me abre la puerta. Supiro aliviada.
– Por un momento temí que fueras un ladrón.
– Si fuera un ladrón no te abriría la puerta. -Sonríe y me besa. Tiene una sonrisa preciosa, y contagiosa que me hace sonreír a mi también. Se aparta de la puerta para dejarme entrar y que vea el magnífico desayuno que hay en la mesa. Me aparta una silla para que me siente y él se sienta enfrente- Bueno, cuéntame. ¿Dónde has estado estos días?

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16. Buenos días

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Me despierto sofocada de repente, envuelta en sudor. Por mi cabeza pasan como diapositivas vagos recuerdos de una pesadilla. El sol, una figura en la ducha, un gato que salta al vacío…

De repente oigo algo que parece un maullido y me sobresalto. Me doy cuenta de que es temprano pero ya ha amanecido y de que hay alguien en la ducha. Espero que realmente se trate de Marco. La pesadilla me ha asustado. Me levanto, algo mareada por el sobresalto, y arrastro los pies hasta la puerta del baño. No está cerrada del todo lo que me permite asomar un poco la cabeza sin hacer ruido y de repente lo entiendo todo. Marco está en la ducha cantando. Por eso en mi pesadilla el ruido de la ducha y un gato maullando. No exagero, de veras su versión de Piano Man de Billy Joel parece un gato maullando en lugar de un joven de diecisiete años cantando. Supongo que no todos tenemos buena voz, yo tampoco la tengo.

Suspiro aliviada y me acerco a la cocina. Si Marco hubiera salido de la ducha en el momento en que yo le miraba no sé si le hubiera hecho mucha gracia. Preparo café para ambos, aunque no sé si él toma. Cuando está listo me lleno una taza y me siento en el sofá a tomarlo sorbo a sorbo. Intento recordar las imágenes de mi pesadilla pero cada vez son más débiles. Oigo a Marco cerrar el agua de la ducha y debe oler realmente bien el café porque inmediatamente me pide uno a través de la puerta entreabierta del baño:
– ¿Eso que huelo es café?
Asnetiría con la cabeza pero pienso que se trata de una estupidez porque él no puede verme así que contesto con palabras.
– Sí, ¿quieres un poco?
A pesar de no verle puedo jurar que suspiró y sonrío antes de contestar.
– Claro.
Me termino mi café de un último sorbo y me levanto para coger una taza para él. Vuelvo al salón en el preciso instante en el que él sale del baño y no sé si es el vapor de la ducha o simplemente su presencia lo que hace que se me suba de repente la temperatura. Me encuentro a mí misma observándole, casi devorándole con la mirada. Él me mira preocupado:
– ¿Lea? ¿Estás bien?
Asiento muy lentamente con la cabeza, mi cuerpo apenas respondía a mis órdenes. Involuntariamente, dejo caer la taza de café y me acerco a Marco. Su pelo rubio ahora mojado, las gotas de agua resbalando por sus hombros, sus preciosos ojos, sus jugosos labios… todo parece pedirme a gritos que le bese y así lo hago. Apoyo una de mis manos en su hombro y con la otra atraigo su cabeza a la mía por el cuello. Sin pensármelo dos veces le beso. Le robo un beso de sus seductores labios.

Recupero el control de mi mente y me aparto de él ligeramente, para intentar comprender mis impulsos sin embargo, no llego a hacerlo ya que Marco me atrae a él y me corresponde con otro beso. El beso más cariñoso y dulce que me han dado jamás. Vale, está bien, es el primero, pero estoy segura de que ningún otro beso me podría gustar más. Le sigo el beso, deseosa de más y rodeo su cuello con mis brazos. El rodea con uno de los suyos mi cintura y con la mano que le queda libre aparta el pelo de mi cara para acariciarme la piel con tanta suavidad que me hacen estremecer sus caricias.

Nos quedamos así, besándonos en silencio durante un rato que a mi me sabió a poco pero deduzco que no lo fue. Me aparto unos centímetros para poder hablar aunque no me apetece romper el silencio.
– Lo siento.
Marco busca mis labios y los besa de nuevo.
– No tienes que sentir nada, nena.
Sonrío y bajo la mirada.
– Lo siento por el café, no por el beso.
Él finalmente se aparta.
– Ah, por eso tampoco te preocupes. Yo lo recogeré.
– No voy a dejar que hagas eso. He sido yo quien lo ha derramado.
– Ya pero, al fin y al cabo ha sido culpa mía, ¿no?
Le miro a los ojos y le robo otro beso de sus labios. Me encanta besar. Me encanta besarle.
– Bueno, como quieras. Voy a ducharme, ¿vale?
Él se dirige ya a la cocina y, desde allí me contesta.
– Claro, nena.

No me acostumbro a lo de nena todavía sin embargo, me encanta. Entro al baño, todavía con vapor suficiente para parecer una sauna, y abro la ventana. Lo suficiente para que salga el vapor pero no tanto como para que entre ningún gato. Antes de desnudarme se me ocurre mirar por la ventana al suelo. Desde luego, el gato se hubiera matado.
Me quito la ropa con la que me quedé dormida que fue la misma con la que anduve ayer durante todo el día. Recuerdo no haber entrado en la habitación por no despertar a Marco pero por lo menos podía haberme deshecho del pantalón para acostarme. Enciendo el agua que tarda en adaptarse a la temperatura que quiero y, mientras lo hace, escribo nuestros nombres en el vaho que el vapor ha formado en el espejo.
Entro a la ducha e intento asimilar todo lo que ha pasado. Ya apenas recuerdo la pesadilla, solo puedo pensar en Marco.

15. Ventana al vacío

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Me despierto muy despejada. Es tarde por la mañana, alrededor de las once o las doce, puedo deducir por la posición del sol en la ventana. He dormido muchísimo, teniendo en cuenta que me he acostado alrededor de las siete de la tarde.

Marco debe estar despierto. Sonrío y me incorporo en el sofá. Me levanto dolorida ya que el sofá es más pequeño que todo mi cuerpo y mi cuello ha pasado incontables horas en una posición antinatural. No me extraña que me duela.

Toco a la puerta de mi habitación, donde dejé a Marco descansar. No recibo respuesta. No puede estar todavía dormido. Abro la puerta con lentitud y cuidado, procurando hacer el menor ruido posible. Me dispongo a asomar la cabeza por la abertura cuando, de repente, oigo abrirse el agua de la ducha. Doy un respingo y vuelvo la cabeza. No hay nadie más en casa. Tiene que ser él.
– ¿Marco?
Me quedo quieta, como si el ruido de mis pasos me fuera a impedir escuchar su respuesta aunque la respuesta no llega.
– ¿Marco? ¿Estás en la ducha?
Vuelvo a preguntar por él, pero debe estar bajo el chorro del agua sin oír mis llamadas. Probablemente sea ese el motivo por el cual no responde. Entreabro la puerta del baño, no quiero incomodarle aunque eso no debería suceder ya que las cortinas de la ducha son prácticamente opacas. Sin embargo, no lo son del todo y, a través de ellas, consigo distinguir una silueta que me resulta familiar sin embargo no se parece en absoluto a la de Marco.

Un maullido me hace girar bruscamente la cabeza hacia la ventana para ver un gato negro fulminarme con la mirada.
Espera, los gatos no fulminan con la mirada. Le miro fijamente a los ojos gélidos cuando el gato salta a mi cara, bruscamente.
Haciendo fuerza consigo apartarlo de mi piel, no sin antes recibir varios arañazos que me hacen sangrar. El gato cae al suelo, de pie, y sube al alféizar de la ventana antes de saltar hacia abajo.

Miro extrañada. Vivo en un quinto piso. El gato ha saltado hacia la carretera. Me asomo a la ventana cuando oigo descorrerse las cortinas de la ducha. La silueta de la ducha, el gato me había distraído haciéndome olvidarla. Me giro bruscamente y él me tapa con fiereza la boca, para evitar que grite. Es Nick, desnudo y con las gotas de agua resbalando por su piel, tira de mi cuerpo acercándolo al suyo y comienza a deshacerse de mi ropa con deseo. Opongo resistencia, no puedo creer lo que está pasando. Forcejeo pero Nick es capaz de sujetarme con un solo brazo. Mi unica salida es morderle la mano, y lo hago. Nick se aparta de mi con un quejido. Intento escapar por la puerta del baño, sin embargo, él se interpone en mi camino. No me queda más remedio. Sin pensarmelo dos veces salto por la ventana.

14. Querida nieta

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Miro a mi alrededor, todo es tan bonito. Parece que sólo el salón es más caro que toda la casa de Charlie.
Charlie. Nadie ha venido a buscarnos todavía. No sé si preocuparme o no por eso. De todas formas no es el momento.
Nick me hace una señal para que me siente en un lujoso sofá. El ático es precioso, solo tiene un problema. Prácticamente toda la pared es de cristal y yo tengo vértigo pero no sé, supongo que habrá gente a la que le guste. Dejo el sobre con la carta de mi abuela encima de la mesa de café y lo acompaño con la mano hasta Nick, quien está sentado en frente de mí.
Suelto la carta y le miro. Él mira al sobre y después a mí.
– ¿Puedo?
Asiento con la cabeza y él coge el sobre. Saca la carta y comienza a leer en silencio. Tras unos segundos al parecer decide volver a empezar a leer, pero en voz alta. Me pongo nerviosa porque yo nunca la había leído hasta hace unos minutos en la cocina pero tampoco había prestado mucha atención a sus palabras. Escucho atenta a la voz de Nick.

Querida Lea,
Soy tu abuela Helen, no sé si te acordarás de mí. Digo esto porque si has encontrado esta carta, deduzco que te has ido de casa. Espero que hayas sido solo tú y no toda tu familia porque también es probable que ni la hayas encontrado tú. Aunque esta carta para cualquier otra persona no tiene ningún tipo de valor…
Lo siento, nieta. Desvarío un poco. Debe ser cosa de la edad. Dado que yo ya estaré muerta en el momento en que tú leas esta carta te diré antes de nada que yo te quiero mucho, siempre lo hice y siempre lo haré y que me siento muy mal por no haberte sacado de ese sufrimiento que era para ti vivir con tu madre. Seguro que ya eres una mujer hecha y derecha y te has dado cuenta de que lo mejor para ti es no vivir con ella. No sé que será de ti, si tienes novio, si tienes casa o si tienes trabajo. Solo quería decirte que James Allen no es tu padre como tu madre te ha hecho creer. Él se mostró algo reacio a mentirte al principio y dijo siempre que algún día te lo diría aunque no me fío mucho de su palabra. Se encariñó mucho contigo y se mostraba orgulloso diciendo que era tu padre. Lo siento si estás muy unida a él y no sabías nada de esto, pero tenías que saberlo. Si te lo ha dicho no muestra más que mi desconfianza en él no tenía sentido y que en realidad es un buen chico.
Posiblemente te estés preguntando por qué te cuento todo esto en una carta. La razón es que tu madre no me deja estar contigo a solas porque debe saber que quiero contártelo. Tu padre es Nicholas Malzyeu. Es muy buen chico pero tus tías convencieron a tu madre de que él solo la quería por el dinero. Yo todavía mantengo contacto con él y te puedo decir que no es así. Quiero que le busques y que te ayude a conseguir toda tu fortuna porque, cielo, en mi testamento te lo he dejado todo. A día de hoy, Nicholas está empezando su último curso de derecho y estoy segura de que será un abogado magnífico. Haz con el dinero lo que quieras, porque te lo mereces todo.
Con cariño, tu abuela Helen

Por eso no había querido leerla con atención aunque debí haberlo hecho. Estoy llorando como una magdalena. Nick deja la carta sobre la mesa, se levanta y viene a abrazarme. Es realmente consolador.
Tras hablar con él decido que se encargue del proceso para la obtención de mi dinero. Al fin y al cabo yo no sabría por donde empezar y él es abogado, además de ser mi padre.

Alrededor de media hora después, salgo del ático (lo cual me reconforta bastante, ver paredes en lugar de ventanas hacia el infinito) y vuelvo a mi apartamento. No sé por qué pero de repente me siento agotada. Me dirijo a tumbarme en mi cama pero recuerdo que está Marco dormido en ella, y que está enfermo. No voy a despertarle.
Me derrumbo sobre el sofá y me relajo hasta perder la consciencia de lo que me rodea. Buenas noches, Lea.

13. Hall

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Se abren las puertas del ascensor en la última planta del edificio. No es que sea un rascacielos de Nueva York pero yo nunca había estado en una planta 18. No es que sea un problema, lo único que tengo que hacer es no mirar por las ventanas, que espero que no sean muchas.
Salgo del ascensor y me encuentro en una especie de hall, no debe tener más de cinco metros cuadrados. A parte del ascensor no hay prácticamente nada. Es muy pequeño aunque supongo que esa es la razón por la que una sola lámpara de techo es más que suficiente para iluminarlo bien. No hay cuadros en las paredes de madera ni plantas o esculturas en el suelo aunque, por las marcas puedo deducir que en algún momento las hubo. Sigo mirando a mi alrededor, buscando algo en lo que entretenerme pero no puedo dejar de fijar la vista en la puerta. Parece de plata, aunque dudo que lo sea. No puede ser de plata, pesaría muchísimo. Me dirijo a tocar el timbre pero no lo hago. Me cercioro antes de que llevo la carta. No sé si aparecer con ella en el bolso o en la mano. Me estoy poniendo nerviosa. Debe ser por el contenido de la carta. Al final decido llevarla en la mano. Toco el timbre y Nick, en cuestión de segundos, me abre la puerta.
– Pasa.
Suspiro levemente para relajarme un poco pero sin que él note que estoy nerviosa y doy un par de pasos adentrándome en el ático.

12. La carta de la abuela

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Salgo del ascensor y abro con cuidado la puerta del apartamento para no despertar a Marco sin embargo, cuando entro, está despierto.
– Hola.
– Hola, Marco. ¿Estás mejor? – Él hace un intento de sonreír aunque le cuesta.
– Estoy cansado, muy cansado pero no consigo dormir.
– Quizá deberías relajarte en mi cama. Ve a mi habitación y duerme allí así no te molesto entrando y saliendo del apartamento.
– ¿A dónde vas?
Quiero contárselo todo, estoy excitada pero definitivamente no es momento.
– Ya te lo explicaré todo cuando estés mejor. Descansa.
Marco se levanta despacio del sofá y se estira un poco. Supongo que tiene los músculos entumecidos de dormir en el sofá. Con paso lento pero firme, camina hacia mi habitación. Yo me encuentro a mi mísma mirándole distraída en vez de buscar la carta de mi abuela como había quedado con Nick que haría.
Marco entra en mi habitación y cierra la puerta aunque, aun así, le oigo estornudar. Deduzco que ha encontrado los pañuelos de mi mesilla de noche porque le oigo también sonarse la nariz pero desde eso no vuelvo a oír nada más. Supongo que se ha tumbado en la cama y se ha quedado dormido. Sigo buscando. Unos minutos después mis sospechas se confirman porque le oigo roncar suavemente. Los mocos le deben estar dificultando la respiración.
He revuelto prácticamente todos los cajones de la casa y estoy a punto de perder la esperanza de encontrar la carta cuando recuerdo que la escondí en una caja de cereales con las felicitaciones de cumpleaños.
Voy a la cocina y, en efecto, ahí esta la caja. Agarro una silla para subirme en ella y poder alcanzarla. Una vez la tengo, disperso todo su contenido encima de la mesa. Felicitaciones de cumpleaños, cartas de
Marco de cuándo éramos pequeños…
¿Qué? ¿Cartas de Marco? Madre mía, esas me las tengo que guardar definitivamente lejos de su alcance. Quiero leerlas a solas. Pero no es momento.
Me meto todas las cartas de Marco en el bolso y también la de mi abuela tras leerla una vez rápidamente por encima. Recojo un poco el desorden de encima de la mesa y guardo todo de nuevo en la caja de cereales. Vuelvo a subirme a la silla y le dejo en su sitio, camuflada, para que Marco ni imagine lo que contiene.
Devuelvo la silla al salón, sin arrastrarla para no hacer ruido y, tras coger las llaves del apartamento, vuelvo al ascensor. Esta vez con dirección al ático donde Nick me está esperando.

11. James Allen

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Me levanto a llevar los boles a la cocina y cuando vuelvo, Marco se ha vuelto a quedar dormido. Sea lo que sea lo que tiene le está dejando realmente agotado. Vuelvo a la cocina y lavo los platos y los cubiertos. Este apartamento tiene de todo menos lavavajillas. Después de recoger todo salgo a sacar la basura y en el ascensor me encuentro con el casero. No sé por qué, ese hombre tiene algo que hace mirarle fijamente cada vez que lo veo. Mientras yo saco la bolsa al contenedor, él revisa su correo. Cuando termino llamo al ascensor que se había marchado y, cuando me dispongo a entrar, oigo su voz.
– Lea. – No sé que puede querer de mí, le he pagado. Doy media vuelta y me pongo frente a él.
– ¿Sí?
– ¿Tienes un minuto?
– Sí, supongo que sí.- Marco está dormido, no tengo nada mejor que hacer arriba.
– Necesito hablar contigo.- Esto es muy raro, me está poniendo nerviosa pero no lo demuestro.
– ¡Claro! Dime.- Fuerzo una sonrisa.
– ¿Podrías acompañarme a mi apartamento? Es importante.- Esto es preocupante. El hombre no tiene apariencia de violador, sin embargo, no se me ocurre otra razón por la que quiere que vaya.
– ¿No podemos hablar aquí?
– Soy tu padre.
– ¿Qué? – No puede ser. ¿Mi padre?
– Mi nombre es Nicholas Malzyeu aunque todo el mundo me llama Nick. Tu nombre es Lea Alyson Malzyeu. ¿Nunca te has preguntado de dónde viene tu apellido?
– Siempre pensé que James era mi…
– ¿James? No tuve el placer de conocerle. Tu madre me obligó a marcharme cuando supo que estaba embarazada. Ella era una mujer muy guapa y muy rica y yo la quería, de verdad que la quería. Sin embargo mi fortuna no era ni mucho menos comparable a la suya y sus hermanas la convencieron de que yo quería atarla y, el embarazo, que no fue ni mucho menos buscado, hizo que tu madre se creyera toda la historia de sus hermanas.
– ¿Quieres decir que no me queríais?
– Eramos jóvenes.- Me lo creo, Nick no aparenta más de 38 años, y yo tengo prácticamente dieciocho. Mi madre sin embargo aparenta más. No sé si tiene algo que ver con su alcoholismo o es realmente mayor que él.
– No entiendo. Si te hizo marcharte porque no me quería, ¿Por qué no abortó?
– No lo sé. Yo pensaba que lo había hecho. Yo tenía veinte años, ella era mayor que yo. Veinticinco. Me echó de su vida y sus hermanas se cercioraron de que no volviera a hablar con ella. Sin embargo, sí tuve contacto con su madre. Tu abuela. Ella me quería y sabía que yo tenía buenas intenciones, sin embargo tu madre nunca le hizo caso a ella y sí a sus hermanas. De ella sé que empezó a beber cuando yo me marché y de ella también sé que tú naciste sin ninguna complicación ni deformación. Simplemente, perfecta. Tal y como eres ahora. Naciste el treinta de noviembre de 1992 y te registraron como Lea Allen sin embargo tu verdadero apellido es Malzyeu. Allen no es tampoco el apellido de soltera de tu madre, supongo que es el de ese tal James. Háblame de él.
– Mamá parecía realmente enamorada de él, aún estando bebida le quería y, cuando él se enfadaba con ella, era capaz de dejar de beber por tres días. Nunca más, está claro. Gracias a él, mamá fue a rehabilitación y dejo el alcohol. Sí, su nombre es James Allen y murió hace seis años en un accidente de coche provocado por mi madre, pasada de copas. A partir de ahí volvió a beber constantemente. Es más, creo que desde entonces no ha vuelto a estar sobria. Me trataba muy mal y también lo han hecho todos sus novios posteriores a James. Borrachos como ella o adictos al sexo que no la querían a ella.
– ¿Su fortuna?
– No, para nada. La abuela murió hace unos ocho años y no le dejó nada ni a mamá ni a sus hermanas. Creo que por eso me dio mi primera bofetada. Parecía muy cabreada cuando volvió a casa.
– ¿Helen ha muerto? – Asiento.- Me extrañaba que perdieramos el contacto, ahora sé por qué.
– Lo siento.- El silencio reina nuestra conversación durante unos instantes mientras yo intento asimiliar toda la conversación. Es increíble, sin embargo yo le creo. Ahora sé por qué no podía dejar de mirarlo. Tenemos los mismos ojos.
– ¿Y no te dejó a ti nada? Piénsalo. A lo mejor por eso estaba tan cabreada contigo.
– Si me hubiera dejado algo, ella podría habermelo quitado, ¿no?
– No si tu abuela lo impedía expresamente…

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