Me ducho rápidamente. No tiene sentido perder el tiempo bajo el agua cuando puedo estar con Marco. Le he besado. Intento asimilar todavía mi comportamiento. Sonrío bajo el agua y salgo de la ducha. Me seco con una toalla y la enrollo alrededor de mi cuerpo. Miro al espejo y vuelvo a sonreir. Marco me hace sonreír demasiado. Nuestros nombres están ya borrosos por la capa de vaho que se ha formado encima de ellos así que los vuelvo a repasar con el dedo. Salgo del baño con el pelo chorreando y me dirijo a mi habitación a cambiarme. Marco debe estar en la cocina porque no le veo durante el camino. Me cuesta decidirme y acabo vistiendo unos vaqueros ajustados y una camiseta grande. Podría ser fácilmente de mi padre, pero no lo era.

Nick, lo había olvidado. No le pedí su número de teléfono así que tendré que volver al ático a pedírselo y preguntarle si sabe algo de mi dinero. Soy rica. No puede ser, me están pasando demasiadas cosas buenas. Sorío de nuevo, con un suspiro. Ya era hora. Me seco un poco el pelo con la toalla. Tengo suerte ya que, dejándolo secar al aire se me quedan unos rizos muy bonitos. Vuelvo al baño, cuelgo la toalla y me doy un poco de espuma. ¿Maquillaje? No, no me hace falta. De todas formas voy a ver a mi padre. Tampoco quiero que piense que soy una de esas chicas que van maquilladas incluso a tirar la basura. Me asomo a la cocina a decirle a Marco que me voy unos minutos, sin embargo me encuentro con una nota que dice:

He ido a comprar algo especial para desayunar. No tardo.

Deduzco que ha ido a la pastelería en la calle en la que está el piso así que, es probable que vuelva antes que yo. Decido dejarle otra nota:

He ido a hacer una visita rápida. Te lo explicaré todo cuando vuelva. No tardaré mucho.

Vale, ahora tenemos un problema. Si me llevo yo la llave, él no podrá entrar. Vuelvo a por mi nota y añado al final: “La llave debajo del felpudo para el primero que llegue” y la pego en el timbre. Espero que no la lea nadie más aunque tampoco hay mucho que robar, siempre llevo el dinero en el bolso. Llamo al ascensor que viene desde la planta baja y subo con él hasta el 18. Toco el timbre. Ya pasa de las nueve y media de la mañana, espero que esté despierto. Según escucho sus pasos acercarse le digo:
– Soy Lea.
Nick no tarda en abrir la puerta, con una sonrisa.
– Pasa.
Sin embargo, no paso. Me he quedado helada. Al verle he recordado una parte de la pesadilla que mi subconsciente había querido obviar. Él me mira, preocupado.
– ¿Estás bien?
Sacudo la cabeza para eliminar de mi mente ese fragmento de pesadilla y sonrío.
– Sí, sí. Solo estaba pensando en una tontería.
Me sonríe y entra. Yo entro detrás de él y cierro la puerta. Me hace una señal para que me siente.
– No, gracias. Es una visita breve que podría haberme ahorrado si tuviera tu número de teléfono.
– Vaya, claro. -Me acerca una tarjeta de visita- Ahí tienes ambos. El de casa y el móvil.
Sonrío, cogiendo la tarjeta con una mano a la vez que con la otra saco el móvil de mi bolsillo para apuntarlos.
– Si tienes un papel te apunto el mío.
– Claro.
Tiene muy claro donde tiene un trozo de papel, yo hubiera tenido que buscarlo desesperadamente. Me lo ofrece y lo cojo. Le apunto ambos números, el de mi móvil y el de casa (el cual tengo que mirar en la memoria de mi teléfono porque no me lo sé todavía). Le tiendo el papel y sonrío.
– ¿Sabes algo ya?
– No, para nada. Ayer llamé a la oficina pero la persona con la que quería hablar no estaba. Ahora dentro de un rato iré, sé que tiene que estar a estas horas.
– Vaya, espero no estar entreteniéndote.
– No, para nada. Estaba a punto de desayunar, ¿me quieres acompañar?
– Me encantaría pero tengo un suculento desayuno esperandome en mi piso. Otra vez será.
– Claro, pues no te demores. Te llamaré en cuanto sepa algo.
– Muchas gracias.
Voy acercandome a la puerta mientras pronuncio estas palabras.
– No las des. Hasta luego.
– Hasta luego.

Llamo al ascensor que sigue esperándome así que, o Marco ha subido a pie o todavía no ha llegado. Bajo hasta la cuarta planta y veo que ya no está mi nota. Tampoco está la llave bajo el felpudo. Toco el timbre y es él quien me abre la puerta. Supiro aliviada.
– Por un momento temí que fueras un ladrón.
– Si fuera un ladrón no te abriría la puerta. -Sonríe y me besa. Tiene una sonrisa preciosa, y contagiosa que me hace sonreír a mi también. Se aparta de la puerta para dejarme entrar y que vea el magnífico desayuno que hay en la mesa. Me aparta una silla para que me siente y él se sienta enfrente- Bueno, cuéntame. ¿Dónde has estado estos días?

Anuncios