Me despierto sofocada de repente, envuelta en sudor. Por mi cabeza pasan como diapositivas vagos recuerdos de una pesadilla. El sol, una figura en la ducha, un gato que salta al vacío…

De repente oigo algo que parece un maullido y me sobresalto. Me doy cuenta de que es temprano pero ya ha amanecido y de que hay alguien en la ducha. Espero que realmente se trate de Marco. La pesadilla me ha asustado. Me levanto, algo mareada por el sobresalto, y arrastro los pies hasta la puerta del baño. No está cerrada del todo lo que me permite asomar un poco la cabeza sin hacer ruido y de repente lo entiendo todo. Marco está en la ducha cantando. Por eso en mi pesadilla el ruido de la ducha y un gato maullando. No exagero, de veras su versión de Piano Man de Billy Joel parece un gato maullando en lugar de un joven de diecisiete años cantando. Supongo que no todos tenemos buena voz, yo tampoco la tengo.

Suspiro aliviada y me acerco a la cocina. Si Marco hubiera salido de la ducha en el momento en que yo le miraba no sé si le hubiera hecho mucha gracia. Preparo café para ambos, aunque no sé si él toma. Cuando está listo me lleno una taza y me siento en el sofá a tomarlo sorbo a sorbo. Intento recordar las imágenes de mi pesadilla pero cada vez son más débiles. Oigo a Marco cerrar el agua de la ducha y debe oler realmente bien el café porque inmediatamente me pide uno a través de la puerta entreabierta del baño:
– ¿Eso que huelo es café?
Asnetiría con la cabeza pero pienso que se trata de una estupidez porque él no puede verme así que contesto con palabras.
– Sí, ¿quieres un poco?
A pesar de no verle puedo jurar que suspiró y sonrío antes de contestar.
– Claro.
Me termino mi café de un último sorbo y me levanto para coger una taza para él. Vuelvo al salón en el preciso instante en el que él sale del baño y no sé si es el vapor de la ducha o simplemente su presencia lo que hace que se me suba de repente la temperatura. Me encuentro a mí misma observándole, casi devorándole con la mirada. Él me mira preocupado:
– ¿Lea? ¿Estás bien?
Asiento muy lentamente con la cabeza, mi cuerpo apenas respondía a mis órdenes. Involuntariamente, dejo caer la taza de café y me acerco a Marco. Su pelo rubio ahora mojado, las gotas de agua resbalando por sus hombros, sus preciosos ojos, sus jugosos labios… todo parece pedirme a gritos que le bese y así lo hago. Apoyo una de mis manos en su hombro y con la otra atraigo su cabeza a la mía por el cuello. Sin pensármelo dos veces le beso. Le robo un beso de sus seductores labios.

Recupero el control de mi mente y me aparto de él ligeramente, para intentar comprender mis impulsos sin embargo, no llego a hacerlo ya que Marco me atrae a él y me corresponde con otro beso. El beso más cariñoso y dulce que me han dado jamás. Vale, está bien, es el primero, pero estoy segura de que ningún otro beso me podría gustar más. Le sigo el beso, deseosa de más y rodeo su cuello con mis brazos. El rodea con uno de los suyos mi cintura y con la mano que le queda libre aparta el pelo de mi cara para acariciarme la piel con tanta suavidad que me hacen estremecer sus caricias.

Nos quedamos así, besándonos en silencio durante un rato que a mi me sabió a poco pero deduzco que no lo fue. Me aparto unos centímetros para poder hablar aunque no me apetece romper el silencio.
– Lo siento.
Marco busca mis labios y los besa de nuevo.
– No tienes que sentir nada, nena.
Sonrío y bajo la mirada.
– Lo siento por el café, no por el beso.
Él finalmente se aparta.
– Ah, por eso tampoco te preocupes. Yo lo recogeré.
– No voy a dejar que hagas eso. He sido yo quien lo ha derramado.
– Ya pero, al fin y al cabo ha sido culpa mía, ¿no?
Le miro a los ojos y le robo otro beso de sus labios. Me encanta besar. Me encanta besarle.
– Bueno, como quieras. Voy a ducharme, ¿vale?
Él se dirige ya a la cocina y, desde allí me contesta.
– Claro, nena.

No me acostumbro a lo de nena todavía sin embargo, me encanta. Entro al baño, todavía con vapor suficiente para parecer una sauna, y abro la ventana. Lo suficiente para que salga el vapor pero no tanto como para que entre ningún gato. Antes de desnudarme se me ocurre mirar por la ventana al suelo. Desde luego, el gato se hubiera matado.
Me quito la ropa con la que me quedé dormida que fue la misma con la que anduve ayer durante todo el día. Recuerdo no haber entrado en la habitación por no despertar a Marco pero por lo menos podía haberme deshecho del pantalón para acostarme. Enciendo el agua que tarda en adaptarse a la temperatura que quiero y, mientras lo hace, escribo nuestros nombres en el vaho que el vapor ha formado en el espejo.
Entro a la ducha e intento asimilar todo lo que ha pasado. Ya apenas recuerdo la pesadilla, solo puedo pensar en Marco.

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