Salgo del ascensor y abro con cuidado la puerta del apartamento para no despertar a Marco sin embargo, cuando entro, está despierto.
– Hola.
– Hola, Marco. ¿Estás mejor? – Él hace un intento de sonreír aunque le cuesta.
– Estoy cansado, muy cansado pero no consigo dormir.
– Quizá deberías relajarte en mi cama. Ve a mi habitación y duerme allí así no te molesto entrando y saliendo del apartamento.
– ¿A dónde vas?
Quiero contárselo todo, estoy excitada pero definitivamente no es momento.
– Ya te lo explicaré todo cuando estés mejor. Descansa.
Marco se levanta despacio del sofá y se estira un poco. Supongo que tiene los músculos entumecidos de dormir en el sofá. Con paso lento pero firme, camina hacia mi habitación. Yo me encuentro a mi mísma mirándole distraída en vez de buscar la carta de mi abuela como había quedado con Nick que haría.
Marco entra en mi habitación y cierra la puerta aunque, aun así, le oigo estornudar. Deduzco que ha encontrado los pañuelos de mi mesilla de noche porque le oigo también sonarse la nariz pero desde eso no vuelvo a oír nada más. Supongo que se ha tumbado en la cama y se ha quedado dormido. Sigo buscando. Unos minutos después mis sospechas se confirman porque le oigo roncar suavemente. Los mocos le deben estar dificultando la respiración.
He revuelto prácticamente todos los cajones de la casa y estoy a punto de perder la esperanza de encontrar la carta cuando recuerdo que la escondí en una caja de cereales con las felicitaciones de cumpleaños.
Voy a la cocina y, en efecto, ahí esta la caja. Agarro una silla para subirme en ella y poder alcanzarla. Una vez la tengo, disperso todo su contenido encima de la mesa. Felicitaciones de cumpleaños, cartas de
Marco de cuándo éramos pequeños…
¿Qué? ¿Cartas de Marco? Madre mía, esas me las tengo que guardar definitivamente lejos de su alcance. Quiero leerlas a solas. Pero no es momento.
Me meto todas las cartas de Marco en el bolso y también la de mi abuela tras leerla una vez rápidamente por encima. Recojo un poco el desorden de encima de la mesa y guardo todo de nuevo en la caja de cereales. Vuelvo a subirme a la silla y le dejo en su sitio, camuflada, para que Marco ni imagine lo que contiene.
Devuelvo la silla al salón, sin arrastrarla para no hacer ruido y, tras coger las llaves del apartamento, vuelvo al ascensor. Esta vez con dirección al ático donde Nick me está esperando.
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